miércoles, 4 de julio de 2012

Astor Piazzolla: 20 años sin un maestro clásico y único

Hace dos décadas moría Piazzolla y por entonces la noticia daba cuenta, por supuesto, de la partida de uno de los grandes músicos argentinos. La palabra "genio" abundaba en las alabanzas que, justas por cierto, se sumaban al panegírico de una despedida que reivindicaba de una vez por todas a una figura clave para la música argentina. A fin de cuentas, Piazzolla era el tipo que llevando el tango más allá del tango, lo había salvado. Hoy eso está claro.

Sin embargo, tuvieron que pasar muchas cosas durante la vida de Piazzolla para que por lo menos en el saludo final los elogios fueran unánimes. Denostado continuamente desde las parroquias de la conservación, sin motivos más fundados que atentar contra la "raíz" y la "esencia", Piazzolla llegó más de una vez a las manos para defender sus ideas. Pero su música era más fuerte que su cross de derecha y a las descalificaciones de los puristas Piazzolla respondió con más de sí mismo.
 Si obras como Tres minutos con la realidad irritaron a los ortodoxos que a mediados de la década de 1950 levantaban sus banderas de aplazo a lo nuevo, lejos de amilanarse, el compositor volvió después con Buenos Aires hora cero, Tango para una ciudad, Sideral, Lo que vendrá, la serie del diablo, la serie del ángel, la serie Pulsación, Michelangelo 70, entre muchísimas obras que resultarán fundamentales a la hora de contar la historia de la música argentina. Obras que grabó al frente del octeto, del noneto o de las distintas formaciones del quinteto –acaso su mejor instrumento–, o en conjuntos de cámara y orquesta sinfónica.

Nadie como Piazzolla tocó lo que compuso, pero tampoco nadie como él supo defender lo que había creado y lo que pensaba crear. En la ecuación genio-convicción-carácter podría estar la fórmula del vigor y la personalidad de su música. No pudo ver en vida el éxito formidable de su obra en el mundo; en las pistas del tango y también en las salas de conciertos y los festivales de jazz.

 Si, como dicen, la de Piazzolla es hoy una de las músicas que no dejan de sonar ni un minuto alrededor del planeta, más que a la música en sí, posiblemente eso de deba al gesto que la contiene y que sugiere su continuidad: el de la revolución permanente.

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